lunes, julio 11, 2005

Marcas en el Estrecho

La mujer extiende su mano arrugada en dirección a la luna llena. El cuerpo del hombre que hasta hace unos instantes fuera su marido, yace frío y sin vida sobre la madera húmeda de la patera. El pueblo ya les había dicho que eran demasiado viejos para aquella aventura; ellos, sin entenderlo del todo, respondieron que nunca se debe ser demasiado viejo para continuar soñando. La noche se extiende sobre el Estrecho, y la mujer sin marido mira la luna grande y amarilla que se refleja sobre las aguas oscuras.

En la aldea la vida era seca. En la aldea la palabra futuro no existía. En aquella aldea que ahora parece tan lejana, el pasado entierra recuerdos. Antes de partir, la mujer que aún no consigue llorar sujetaba entre sus viejas manos el collar de abalorios de un hijo perdido, contando los años que ya pasaron y los días que aún faltaban para volverlo a sentir.

Junto al lado más pobre y triste del Estrecho, los viajeros esperaban al barco que arrastra clandestino su barriga sobre las piedras, lento pero constante, sabiendo que un destino loco lo espera. En los ojos llenos de brillos de sus ocupantes el miedo reluce más bajo la noche fría. Apenas el silencio interrumpe el vaivén de las olas. Apenas el castañear de cientos de dientes interrumpe el miedo a no llegar (o a no volver).

En el lado menos pobre y triste del Estrecho ya saben que se acerca la barca con la barriga rota de tantas piedras y viajes, pero siempre llena de sueños. En el otro lado del Estrecho bajan los ojos con vergüenza, porque no saben como decirles a los que hicieron tan largo viaje que la vida seguirá siendo la misma.

La mujer con un amor muerto de frío entre los brazos piensa que la tierra no importa, y que no habrá Estrechos lo suficientemente anchos como para impedir el abrazo de un hijo o de un sueño. Colgada del cielo la luna observa la misma historia cada noche, y no entiende como los hombres perdieron el rumbo de esta forma. Por lo menos hoy no se escucha el llanto de un niño, piensa abriendo sus manos luminosas para que el camino entre las aguas sea menos oscuro.

Ya en tierra, la mujer se niega a soltar la mano del hombre que ya no podrá abrazar jamás a su hijo perdido…